
Cajón de sastre del crítico, docente y programador de cine Carlos Reviriego, que aprovecha este espacio para mostrar algunos de sus artículos, aparecidos en "El Cultural", "Caimán. Cuadernos de Cine" y otras publicaciones.
jueves, 17 de junio de 2010
'Villa Amalia' de Benoit Jacquot

jueves, 6 de mayo de 2010
'Canino' de Yorgos Lanthimos

martes, 9 de marzo de 2010
"I'm Not There". Bob Dylan nunca estuvo ahí
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| Jude / Bob Dylan (Cate Blanchet) y Allen Ginsberg (David Cross) en I'm Not There |
Dylan en el caleidoscopio
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| Las máscaras de Dylan. De izqda. a dcha. y de arriba abajo: Woody / Chaplin (Marcus Carl Franklin); Arthur Rimbaud (Ben Whislaw); Jude (Cate Blanchett); Billy (Richard Gere); Jack / John (Christian Bale); Robbie (Heath Ledger) |
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| Billy the Kid (Kris Kristofferson) y Alias (Bob Dylan) en Pat Garret & Billy the Kid (1973), de Sam Peckinpah |
lunes, 1 de marzo de 2010
Lost. 5ª Temporada

Variables en la ecuación del tiempo
If all time is eternally present
All time is unredeemable
T. S Elliot
Willie Nelson canta Shotgun Willie y la aguja sobre el vinilo salta repentinamente hacia atrás al final de la primera estrofa. Un disco rallado. La canción se enreda en un bucle de espacio-tiempo que no parece detenerse, una y otra vez el mismo fragmento –“Well you can’t make a record…–, suspendiendo y retorciendo la continuidad temporal. No es mala metonimia con la que arrancar la quinta temporada de Perdidos. Con mayor determinismo que en los cuatro años anteriores, ahora es cuando, de forma plena, el dispositivo formal toma conciencia de ser la verdadera sustancia dramática de la serie.
Se produce en esta quinta temporada una mutación trascendente en la estructura. Los flashbacks y los flashforwards dejan de ser experiencias exclusivas del televidente. La intrincada mecánica argumental ha reclamado de él la recomposición de un puzzle que pueda dar forma (sentido) al rocambolesco destino de los náufragos y habitantes de la isla. Pero en esta quinta temporada, la mejor hasta el momento –la más vibrante, compleja y ambiciosa; la más equilibrada en términos de acción y exposición argumental–, serán no sólo los espectadores, sino también los personajes, condenados a vagar entre el arquetipo y el individuo, quienes experimentarán en sus huesos esos saltos continuados en el tiempo, quienes deberán recomponer las fragmentos de sus propias vidas y adaptarse a nuevas paradojas temporales. Seguirán persiguiendo sus sombras por el limbo verde.
Todos ellos –Sawyer, Jack, Hurley, Said, Kate, Juliet, Jin, Sun, Ben, Locke, Desmond…–, aunque el nuevo paradigma espacio-temporal que han activado los acontecimientos del final de la cuarta temporada les obligue a transitar por distintas dimensiones en el tiempo (en 1977, unos; en 2007, otros), se saben piezas desarticuladas de un destino que se les escapa, de un todo que aún no pueden vislumbrar con claridad. El único que quizá pueda hacerlo es el científico Daniel Farraday, cuya relevancia se hará crucial en esta quinta temporada (de ahí que el prólogo del primer capítulo termine con su rostro surgiendo de las sombras… treinta años atrás de cuando le vimos por última vez). En un momento dado, Farraday dice a sus compañeros: “Todos somos variables en la ecuación del tiempo”.
Pasado, presente y futuro aconteciendo simultáneamente. ¿No es eso lo que nos ha estado diciendo Perdidos desde su propia estructura argumental? Quizá haya tantas formas de “experimentar” la serie como las permutaciones posibles en el orden de sus 99 episodios, los que suman hasta el final de la quinta temporada. Esto convertiría Perdidos en una suerte de “rayuela” catódica, en la que J. J. Abrams, al igual que hiciera Julio Cortázar con su novela, dejara al libre albedrío del lector/espectador organizar el orden de visión/lectura de sus capítulos, una suerte hipertextos que podrían acabar enredados en un bucle infinito entre “el lado de acá y el lado de allá”, como un disco rallado. Pero por muy interesante que pueda resultar este ejercicio de adulteración narrativa (que convertiría los cliff-hangers en meras patrañas), se revelaría totalmente infructuoso. La lógica interna de Perdidos se muestra capítulo a capítulo como si fueran las piedras del mosaico (espacial) y las capas de la cebolla (temporal) de un destino irrenunciable.
En el segundo episodio de esta temporada, Hurley expone a su madre la perfecta y delirante sinopsis de lo que hemos visto hasta ahora[1]. Toda la cronología de los hechos se revela en su frívolo resumen de Perdidos como un relato bajo el gobierno de la arbitrariedad argumental. Pero el espectador ya sabe por entonces que los guionistas de Perdidos no juegan a los dados con sus personajes. Toda imagen lleva a la siguiente y las palabras se contradicen tanto como se fortalecen entre sí. Todo lo que acontece no cesa de obedecer a un régimen predeterminado, un plan maestro que, como una ventana empañada, va mostrando poco a poco qué hay al otro lado del cristal. El capítulo Follow the Leader de esta quinta temporada muestra hasta qué punto una escena que parecía banal varios episodios atrás –en la que Richard se topaba con un Locke malherido y actuaba como un mensajero del futuro– se reviste entonces de un sentido determinante que ni siquiera habíamos sospechado.
Lo extraordinario de la quinta temporada es que, finalmente, el verdadero deus ex machina de la serie –el bíblico Jacob– empieza a tomar forma corpórea. Nunca antes había emergido el factotum de la serie con claridad tan manifiesta como en el prólogo del último capítulo, The Incident, que abrirá una nueva puerta de percepción al entramado narrativo. Hemos tenido la ocasión, en los capítulos precedentes, de recorrer fugazmente las distintas edades de la isla y de algunos de sus habitantes clave. Y hemos comprobado que existe al menos un hombre cuyo aspecto no ha variado desde la más remota Antigüedad, pasando por 1954 y por los años ochenta, hasta hacer parada simultánea en dos dimensiones temporales de algún modo condenadas a colisionar entre sí: 1977 y 2007, los esperanzados tiempos hippies de la iniciativa Dharma y el liderazgo de un ambivalente John Locke. La polisemia del artefacto argumental, con una mitología que no deja de expandirse y de intelectualizarse (a la manera de la literatura de Tolkien o de Lewis Carroll), acepta con naturalidad el intricado laberinto de referentes espirituales en una pugna final por la fe o la ciencia, la vida y la muerte. “A su manera este libro es muchos libros”, explicaba Cortázar en las primera líneas de su novela total. Perdidos, la serie total de J. J Abrams, también es a su manera muchas series.
Si aceptamos como premisa que Twin Peaks vendría a ser el Ciudadano Kane de la televisión al destrozar la causalidad narrativa y entregarla a las llamas del subconsciente; aceptemos que Perdidos bien podría hacer las veces de El año pasado en Marienbad, el dispositivo que rompe definitivamente las cadenas de la ficción televisiva, cuando los mecanismos de la memoria y las fugas de la percepción quebrantan toda ley conocida. La sensación es que cualquier cosa puede ocurrir y parecer verosímil (aunque no necesariamente aceptable) en la maraña de espejos. Esa es la sustancia adictiva de Perdidos: que toda resolución a un misterio anida otro enigma. La gran pregunta que nos plantea esta penúltima temporada es tan sencilla como indescifrable: “¿Se puede cambiar el pasado para transformar el presente?”. En verdad tendremos que esperar al capítulo 100 (el primero de la sexta temporada) para obtener algo parecido a una respuesta.
[1] Hugo ‘Hurley’ Reyes: “Tuvimos el accidente pero fue en una isla de locura,
esperamos el rescate y el rescate no llegó.
Había un monstruo de humo,
además de otras personas en la isla… los llamábamos “Los Otros” y comenzaron a atacarnos,
y encontramos unas escotillas y había un botón
que tenías que pulsar cada 108 minutos o…
Bueno, realmente no tengo muy claro eso.
Pero… “Los Otros” no tenían nada que ver con las escotillas.
Eso fue por la Iniciativa Dharma,
pero estaban todos muertos. “Los Otros” los mataron e intentaban matarnos a nosotros.
Y luego trabajamos en colaboración con “Los Otros” porque gente peor vino en un carguero,
que el padre de la novia de Desmond envió para matarnos.
Así que robamos el helicóptero y volamos al carguero,
pero éste explotó
y no pudimos regresar a la isla porque desapareció
y caímos en el océano.
Flotamos por un tiempo hasta que llegó un barco y nos recogió.
Pero entonces éramos seis.
El resto de la gente aún sigue en esa isla”. (The Lie. Episodio 2, Temporada 5)
lunes, 2 de noviembre de 2009
'After' de Alberto Rodríguez

sábado, 10 de octubre de 2009
'El Decálogo' de Krzysztof Kieslowski

de prosa poética
Ahora que, en el conglomerado audiovisual, la ficción televisiva parece haberse independizado definitivamente del cine (si acaso es el cine el que depende, financiera y artísticamente, de la televisión), poniendo en duda al menos el convencimiento de Serge Daney de que, a fuerza de convivencia, televisión y cine terminarían por parecerse, El Decálogo se formulaba algunas preguntas veinte años atrás que siguen siendo especialmente pertinentes. "No creo que el público televisivo sea menos inteligente que el cinematográfico", dijo en su momento el cineasta varsoviano. Para costear El Decálogo, financiado por la televisión polaca no sin condiciones, Kieslowski se vio obligado a desarrollar el guión de los capítulos 5 y 6 en películas cinematográficas (con versiones de 85 minutos), invirtiendo el beneficio de los largometrajes resultantes –No matarás (1988) y No amarás (1988)–, en el proyecto televisivo. El plan inicial de Kieslowski pasaba por que cada capítulo lo dirigiera un director debutante, pero finalmente decidió dirigir todos él y contratar a un director de fotografía distinto por capítulo (sólo repite con uno, Piotr Sobocinski), buscando así la autonomía formal de cada segmento: el sobrio realismo del Decálogo 2, la dimensión onírica en Decálogo 5, la expresividad de los encuadres del Decálogo 9... A la luz de lo que hoy entendemos por ficción televisiva de calidad (las series de la HBO), la prosa poética de El Decálogo nos recuerda que en una dimensión paralela hubiera sido posible una televisión realizada bajo la noción del cine conceptual de los años sesenta. Señala Jonathan Rosenbaum que, aunque realizado a finales de los años ochenta, hay un aliento creativo en El Decálogo que conecta directamente con poetas como Antonioni, Godard o Resnais.
Kieslowski es un poeta, sospechamos que el que mejor ha sabido filmar a través de ventanas, pero también un historiador. El Decálogo se concibe, desarrolla y emite durante el triunfo pacífico del pueblo sobre el moribundo sistema comunista, pero también cuando el trono del Vaticano lo ocupaba el polaco Karol Wojtyla. En esa esquizofrenia de creencias irreconciliables se desenvuelve la serie. Los guiones permanecieron en las oficinas de la censura institucional hasta que Kieslowski concedió no hacer menciones políticas ni mostrar cartillas de racionamiento, pero el complejo de edificios en el que viven los veinte personajes de la serie (que a veces se cruzan de un capítulo a otro) tiene por intención diseñar un microcosmos de Polonia en el que sus vecinos anhelan un sueño de libertad. El sentimiento moral de El Decálogo, no en vano inferido de los mandamientos católicos, está sin embargo más cercano al territorio agnóstico de Bergman que al místico de Tarkovsky, si bien no se conforman con una felicidad materialista. El personaje misterioso de la serie, el testigo silencioso interpretado por Artur Bacis (que aparece incidentalmente en ocho de las diez películas), puede representar la conciencia individual, como se ha dicho, pero es más hermoso pensar en él como la personificación de Kieslowski y su extrañeza frente a la complejidad del mundo. Un pesimista irredento que sin embargo concede al hombre algo de esperanza.
(Publicado originalmente en "Cahiers du cinema. España". Octubre, 2008. Num. 27)
jueves, 30 de julio de 2009
'Antcristo' de Lars Von Trier






