miércoles, 18 de agosto de 2010

Los actores de la Nouvelle Vague


Dos o tres cosas que
sabemos de ellos


Digresiones en torno a (algunos)

cuerpos y espíritus





El cuerpo


Se abre el telón. La condesa de Landsfeld, perdido el honor, es objeto de escarnio y pleitesía. Ella, cuya belleza y malas artes arruinaron a monarcas y millonarios de todo el mundo (así lo asegura el maestro de ceremonias), es expuesta como un maniquí, encerrada en una jaula, en el circo de Nueva Orléans. El plano frontal nace cerca de su rostro, impávido, resignado, solitario, de una belleza decadente. La cámara se aleja de ella, el plano va mostrando dos largas colas de ciudadanos anónimos acercándose en procesión. Han pagado un dólar y, por un instante, pueden ver de cerca, incluso besar la mano, de un mito sexual, la más perversa y fascinante de las mujeres de una época extinguida. Se cierra el telón.


[“Lola Montes” (1956), Max Ophüls]




I.


El estrellato de Martine Carol fue breve y terminó trágicamente. Sólo pudo disfrutarlo durante los primeros años cincuenta, después de una labrada carrera en el teatro y como diosa pin-up de la posguerra. En 1956, una rubia llamada Brigitte Bardot irrumpió como un huracán en una película dirigida por su marido que borró de un plumazo todos los cuerpos precedentes en las pantallas del cine francés. El título, irónico, Y Dios creó a la mujer. La irrupción de la Bardot fue la verdadera extinción de Martine Carol. Lo que vino después –las drogas, los fracasos amorosos y profesionales, un fatal accidente y una muerte en turbias circunstancias–, fue la tragedia extendida de una vida truncada a los 46 años de edad. Al poco de aparecer muerta sumergida en una bañera de un hotel de Mónaco, se estrenó su último film, una producción británica que llevaba cuatro años durmiendo en el limbo. Su título, no menos irónico, Hell is Empty.


Tan sólo unos meses, en 1956, separan el estreno de Lola Montes (Max Ophüls) de Y Dios… creó a la mujer (Roger Vadim). O lo que es lo mismo: tan sólo unos meses separan el final de Martine Carol del nacimiento de Brigitte Bardot. En ese período de tiempo, algo extraordinario aconteció en el cine francés. Si el último film de Max Ophüls retrata el modo en que un cuerpo objeto de escándalo burgués deviene en una atracción de feria, el primer film de Roger Vadim convierte el escándalo en celebración. Ambos tienen algo en común: la sublimación de la carne en la pantalla, aquello a lo que el crítico Jean Douchet se ha referido como “el comienzo de la dramaturgia cinematográfica en torno al cuerpo”. Si, como podemos pensar, en el cine americano la mujer siempre ha sido el cuerpo y en el cine europeo el espíritu –Marilyn Monroe y Rita Hayworth en contraste con Monica Vitti y Anna Karina–, sublimaciones ambas del deseo masculino, en dos películas que se postulan como los precedentes inmediatos de la “Nouvelle Vague”, el cuerpo toma el mando de su discurso, lo monopoliza.


La jugada maestra de Ophüls no consistió en que Martine Carol interpretara a Lola Montes sino que Lola Montes desempeñara el papel de Martine Carol. El personaje histórico español cuya belleza arrastró a la perdición a tantos hombres relevantes se apropia del cuerpo de una actriz francesa. Escribió el joven François Truffaut en su crítica de Lola Montes que el empleo de la sex-symbol Martine Carol en el film dota a su interpretación de una “verdad más verdadera” (“verité plus vraie”), debido al claro paralelismo entre el propio trayecto existencial de Lola Montes, mujer audaz que deviene en símbolo sexual, con el cuerpo que toma prestado en el último film de Ophüls. A pesar de la frialdad pasional con la que el personaje parece atravesar todas las fases de su azarosa vida sentimental, la interpretación desapegada, bressoniana, de Carol –tan cara para el cine de la Nouvelle Vague– está determinada por ese plus de verosimilitud que lleva inscrita su sola presencia, fotografiada en color y scope. Un concepto esencial se abría paso para el futuro del cine: no se trataba ya sólo de ver en la imagen, sino de ver detrás de la imagen.


Este “sentido de la verdad” en las interpretaciones, de sus correspondencias con la realidad (a una biografía o a una actitud), es el que equiparaba entonces a aquellos directores que los críticos de Cahiers du cinéma salvaron de la pira fúnebre de “una cierta tendencia del cine francés”. Como Renoir, Bresson, Cocteau, Melville, Becker, Pagnol..., que compartían un multiforme “respeto por la realidad filmada”, los futuros autores de la “Nouvelle Vague” encontraron en la existencia del cuerpo el objeto de su dramaturgia. “Los cuerpos conducen el guión, guían la puesta en escena. El sujeto impone, finalmente, el estilo del film”, escribe Jean Douchet. Hasta entonces, los actores célebres del cine galo, los galanes y las divas moldeados en la tradición de la “qualité française” –las Darrieux, las Morgan, las Presle, los Fernandel, los Brasseur, los Gabin–, eran esclavos de un lenguaje corporal en un mundo mediocre y cerrado, de actitudes y cuerpos encorsetados. Asfixiados en un mar de hipocresía, poco de auténtico podían ofrecer al ojo de la cámara. El telón que cierra la última secuencia de Lola Montes pone fin a la representación de una época y de su mito femenino. Los dramas sumergidos “en un juego de afectación teatral, de posturas y gesticulaciones académicas” (de nuevo Douchet) darían paso a la corporeidad palpable y la psicología etérea, que pudieran recoger el ímpetu desestabilizador de la nueva condición humana, desolada y aislada, que se abría paso en el marco de la posguerra. El realismo corporal, y no el realismo psicológico, sería el nuevo testimonio para una nueva era.



-------------------------------------------------



Escena I. Unos pies femeninos asoman por detrás de una sábana blanca tendida al sol. Corte al otro lado de la sábana. En el inferior del plano, el cuerpo desnudo de una rubia tumbada boca abajo, los pies apuntando al cielo. En la sábana blanca, se perfila la silueta de un hombre, que permanece de pie, al otro lado.


[“Y Dios… creó a la mujer” (1956), Roger Vadim]


Escena II. Siete años después. La misma rubia, en la misma postura, acostada desnuda junto a un hombre. Camille interroga a su marido, Paul, por la belleza de su cuerpo. El cineasta fotografía en primer plano las curvas de Camille bajo una intensa luz roja, que luego vira bruscamente a amarillo, después torna azul. Paul permanece en segunda línea del plano, en la penumbra del dormitorio. En un determinado instante, subrayado por la música dramática de Georges Deleure, la cámara se acerca al cuerpo de la Bardot con el deseo de acariciarla.


[“El desprecio” (1963), Jean-Luc Godard]


II.


Al contrario que Jean-Luc Godard en El desprecio (1963), Briggite Bardot fue filmada como un mero objeto de deseo por Roger Vadim. En las escenas que abren Y Dios creó a la mujer y El desprecio se cifra una suerte de trayecto erótico de la “Nouvelle Vague”. El deseo del cuerpo había bajado de su pedestal, dejó de formar parte de un mundo prohibido o escondido, para mostrarse con todas sus imperfecciones humanas, con la lógica caprichosa y vulnerable de la realidad. Si Y Dios creó... era un film sobre la batalla por la conquista del cuerpo, El desprecio es una película sobre la creación cinematográfica a través de ese cuerpo, de cómo la imagen registra ese mismo organismo después de su liberación, transido de tragedia. En la escena medular del film en el apartamento de la pareja, los cuerpos de la Bardot y de Michel Piccoli practican una danza de aproximaciones y alejamientos acentuados por el scope, de caricias y raptos de amargura, que ilustra por sí solo el contenido dramático de la larga secuencia. Podríamos verla muda y penetraríamos del mismo modo en la tribulación emocional que consume a los amantes. Pero hay algo más fascinante en esta escena: los movimientos de la Bardot. La actriz se pasea por el apartamento durante más de veinte minutos con una debilidad que está muy lejos de la sensualidad inalcanzable exhibida siete años atrás. Al contrario de la insolencia que exteriorizaba en cada plano de Y Dios creó..., ahora su sensualidad es insegura, frágil, como si temiera por algo. “El arte es eso por lo que la forma se vuelve humana”, diría años después Godard.


Escribió Antoine de Baecque que la irrupción en la pantalla de Brigitte Bardot significó “la conciencia de la visión del cuerpo moderno”. Existía el deseo latente por una imagen deslumbrante, por un espíritu que todos, incluido el general De Gaulle, reconocieron encarnado en la Bardot. En Vida privada (1962), Louis Malle dejaría constancia, a medio camino entre la ficción y el documental, de ese trayecto de BB hacia su consagración como mito sexual. Cuando un año después Godard, que en lugar de trabajar con estrellas prefería generalmente fabricarlas, puso su radar en la rubia más popular después de Marilyn, fue para que toda la película girara en torno a ella y lo que representaba. Es como si los cineastas de la Nouelle Vague ya sospecharan entonces de la falacia del “Método” que por entonces hacía estragos en Hollywood, según el cual todo actor lleva dentro cualquier personaje. Ahí están los naufragios de James Dean y Marilyn Monroe en su busca ensimismada de lo que no existe (lo que queda son sus rostros y cuerpos), o las estériles dramatizaciones de Marlon Brando. Como Martine Carol en el espejo de Lola Montes, la Bardot no se convirtió en Camille sino que Camille se convirtió en la Bardot en El desprecio. BB fue ella misma de igual modo que Godard pidió a Fritz Lang que fuera Fritz Lang. En esos momentos, como nos recuerda Paparazzi, el documental que realizó Jacques Rozier durante el rodaje de El desprecio en Capri, Bardot era la chica más fotografiada del mundo. Godard tomó su fotografía del “cuerpo moderno” en una película que, como todas las anteriores, seguía siendo una película sobre la Mujer según Godard. Repitiendo prácticamente las mismas líneas de diálogo que le hizo recitar a Jean Seberg delante del espejo en Al final de la escapada (1959) y a Anna Karina en Une femme est une femme (1961), BB se interroga sobre el efecto de su belleza en su marido, en los hombres, al tiempo que Godard inquiere a los espectadores sobre ese mismo efecto. Y su cámara se acerca con un preciso, vibrante, suave movimiento, para poseerla.


La posesión desbordó en muchos casos los límites del plano. Pero aquí no hablamos de contigüidad física fuera de la pantalla (lo haremos más adelante), sino de una posesión estrictamente delimitada por el territorio del cine, fantasmagórica, por lo tanto. Una posesión que tiene mucho que ver con el affiche de Un verano con Mónica (1952) que arrancan Antoine y René de la pared de un cine en Los 400 golpes (1959). En ese hurto de contenido autobiográfico, Truffaut no sólo celebra una infancia atravesada de fetichismo cinéfilo, sino el despertar del cuerpo en la pantalla cinematográfica. El modo en que Ingmar Bergman filmó la voluptuosidad de Harriet Anderson cautivó a los jóvenes turcos por significar otro de esos instantes seminales en los que el físico de los actores tomaba el poder psicológico del cine. Varias películas tomaron entonces esta noción como principal desafío, desde Les Bonnes femmes (1960) de Chabrol –donde Bernardette Lafont, Clotilde Joane, Stéphane Audran y Lucile Saint-Simon son filmadas con venenoso erotismo– a Cléo, de 5 a 7 (1962), donde los planos ensimismados a Florence expresan el embrujo de Angés Vardá ante la belleza clásica de Corinne Marchand, y Vivre sa vie (1962) de Godard, quien urde la más hermosa declaración de amor por su compañera Anna Karina; y aún continuarían haciéndolo, incluso con mayor obstinación, cuando la etapa clásica del movimiento había quedado atrás, como el propio Truffaut en torno al cuerpo de Bernardette Lafont en Une belle fille comme moi (1972)¸ arquetipo de la mujer liberada y sin prejuicios. Por el ojo de la cerradura se asoma Chabrol en À double tour (1960) para espiar el desnudo de Lafont, la figura más “italiana” de las bellezas Nouvelle Vague, en un film donde la distancia con que se registra a los actores establece su crucial metamorfosis de la comedia a la tragedia.


Los actores, como la imagen fílmica, se fueron eximiendo progresivamente de las convenciones y los sistemas imperantes (sociales y cinematográficos), del mismo modo que lo hicieron sus cuerpos en la pantalla, y, sobre todo, la revelación y relevancia sexual de estos en las películas. La importancia de un film como Les amants (1958; Louis Malle) y el escándalo que despertó en el Festival de Venecia, parece crucial para entender esta corriente de liberación que se propagaría velozmente por los nuevos cines. La ética del film camina en función del dilatado arrebato pasional de su protagonista, inolvidable Jeanne Morreau, cuya belleza huidiza reúne al completo el vigor carnal de la nueva ola francesa. La vibración de los cuerpos se abre paso en el film como si éste se hubiera ido desnudando silenciosamente, en la medida en que los amantes se descubren, un proceso que adoptarían también, rigurosamente, Truffaut en Las dos inglesas y el amor (1972) y Pascale Ferran en Lady Chatterley (2008). Después de más de una hora aprisionado en el tedio burgués, la pasión arrebata a Jenne Morreau y Jean-Marc Bory y la película de Malle se encierra con ellos en el dormitorio para desprenderse de todas sus ataduras. Alain Resnais encerraría también a sus amantes crucificados en el limbo amoroso de Hiroshima, mon amour (1959), abriendo a través de sus cuerpos y miradas los abismos de la memoria. El amor físico no se diferencia del desgarro interior, el aspecto carnal no puede separarse de los sentimientos.


-------------------------------------------------



Ext. Noche. Sale de un bar una mujer sin edad definida, podría estar tanto en sus treinta como en sus cuarenta. Camina dubitativa hacia cámara. La imagen ligeramente desenfocada se vuelve nítida cuando el plano general se convierte en primer plano. Desolación en el rostro. La atmósfera sonora la proporciona Miles Davis. La mujer inicia un paseo sin rumbo por la noche de París. Un largo travelling lateral la persigue, hablando sola, dejando atrás los escaparates. Rodeada de coches, absorbida por el pulso de la ciudad, cruza la calle como anestesiada. Su rostro no está maquillado, su pelo lo despeina el viento, vaga sin rumbo fijo, en busca de Julien.


[“Ascensor para el cadalso” (1957), Louis Malle]


III.


Es difícil escapar de la palabra naturalismo y sus variantes –desde normalidad a vulgaridad– cuando se habla del nuevo tipo de actor que modeló la “Nouvelle Vague”. Con la explosión corporal en la pantalla, se pretende hacer tabula rasa respecto al cine precedente y por lo tanto respecto a las interpretaciones que formularon ese cine y al aura de deidad que emanaba de los actores en la pantalla, como si fueran seres intocables. Fueron necesarias nuevas interpretaciones para construir las nuevas convenciones sociales. El actor se mueve ahora dentro del plano con renovada libertad, fotografiado desde múltiples e inesperados ángulos, enmarcado por espejos y reencuadres, sorprendidos y espiados desde todos los puntos de vista y distancias posibles, en las calles y en los dormitorios, en cafés y en coches en marcha. Frente a las desprejuiciadas aproximaciones de los cineastas a sus intérpretes, el actor parece perder la facultad de engañar a la cámara, su mirada tiende a ser transparente, espontánea.


No debería importarnos si la libertad de los actores es consecuencia de su inexperiencia más que de una opción “rosselliniana” de los directores, si es el resultado de optar por un cine que imponía marcas y límites gestuales o de un cine más abierto a las injerencias de la vida, pues de ambos se alimentó la “Nouvelle Vague”. Si algo llamaba la atención en Los cuatrocientos golpes aparte de la consistencia de la puesta en escena, era la dirección de los actores, donde se percibe el realismo desarrollado por Renoir, tendente a destilar los pequeños acontecimientos de la rutina diaria, en la plenitud vital que exprime de los personajes, especialmente del jovencísimo Jean-Pierre Léaud en su primera encarnación de Antoine Doinel. El deambular nocturno de Florence por las calles parisinas en Ascensor para el cadalso (1958) también nos muestra a una actriz cuya presencia supura realidad: Jeanne Morreau aparece despreocupada de su imagen, devorada por las sombras y los desenfoques. Es como si Malle hubiera querido mantener la tensión entre retratar la dignidad y también el patetismo de su personaje. “Estoy horrible o estoy loca”, dice la actriz en un momento dado de la película.


Pocos personajes se ofrecen como paradigma del paisaje humano de la Nouvelle Vague como la Catherine que camina sobre el alambre entre Jules (Oskar Werner) y Jim (Henrie Serre). Su semblante y su actitud recogen toda la magia y la belleza del tercer largometraje de Truffaut. Ella es esa mujer fuerte, inteligente, nerviosa, voluble, sexual que nos cautiva por su actitud extravagante, producto de una interpretación vaciada de toda psicología clásica, la que supuestamente debería impulsar la evolución dramática de los personajes. En sus formas de hablar, de moverse, hay más automatismo que otra cosa: recita sin decir, ejecuta sin detenerse. Como asegura Jules, “es una fuerza de la naturaleza que se expresa con el cataclismo”. Al salir del teatro, Jules y Jim discuten en la calle sobre la carencia de psicología sexual en la representación que acaban de ver sobre el escenario. En ese mismo instante, Catherine salta al Sena. Sin avisos, sin señales, sin psicología. Nada parece justificar su comportamiento, nada al menos que la película haya sentido la necesidad de mostrarnos.



-------------------------------------------------




Ext. Día. En una plaza parisina como un anfiteatro romano, una troupe de teatro ensaya el Pericles de Shakespeare. La joven actriz, en el centro del escenario, recita sin afectación sus versos. “¿Es el viento del oeste el que sopla?”. “¡El viento del sudoeste!”, corrige el director, a pie de escenario. “Cuando nací soplaba viento del norte….”. El actor que debe dar la réplica interrumpe. Dice que no puede seguir sin un ventilador. Un asistente se acerca con un cartón y lo agita simulando el viento. El director le expulsa: “El viento y el sonido es lo de menos”. Al final de la secuencia, una misteriosa mujer sentada en las gradas le aconseja a la actriz que se ciña al texto y al director que arregle la escena con música.

[“Paris nous appartient” (1958-1961), Jacques Rivette]




IV.


La política de autores también tuvo su política de actores. En aras de la autenticidad en la pantalla que pedía a gritos la Nouvelle Vague, se enraizaba un discurso de no profesionalismo que, quizá por encima de cualquier otro oficio cinematográfico, se exigía principalmente de los actores. Si casi era un requisito indispensable el empleo de rostros nuevos para el común de los espectadores –regla que se rompía una y otra vez–, más esencial era que la pantalla no descubriera a los intérpretes actuando, que no delataran formación o perfeccionismo. En Paris nous appartient, la joven protagonista Anne, interpretada por Betty Schneider, da vida a una no actriz que se convierte en actriz por accidente. ¿Y no es este tipo de leyendas las que hicieron posible la Nouvelle Vague? En su primer largometraje, Rivette ya introduce el teatro como uno de los mecanismos de representación cruciales en su filmografía. Es asombrosa la paradoja que pone en marcha el film, mediante composiciones de gestualidad y dicción teatral inmersas en la dinámica de un ágil montaje cut-off, con cortes en el mismo plano y constantes cambios de raccord.


Aparte de la evidente analogía que arroja Paris nous appartient entre las dificultades de producción a las que se enfrenta una compañía de teatro de aficionados y la precariedad de medios que llevaba como seña de identidad el nuevo cine, el universo teatral juega un papel más relevante. Rivette no sólo emplea la función que pone en escena un grupo de teatro como recurso narrativo (Pericles, como Paris nous appartient, es la investigación de un misterio), sino también para evidenciar el juego de ficciones internas que se suceden en el film mediante un complejo entrelazado de historias. En el núcleo de esta dinámica de abstracciones, son los actores quienes, como el espectador, intentan abrirse paso en la película. Pero el único modo de seguir un misterio es quizá verse envuelto en él. La relación de Rivette con sus actores es especialmente compleja. Al igual que los personajes ensayando la función en cualquier sitio posible, Rivette trabaja con ellos de modo que vayan ajustando sus personajes a escenarios no predeterminados, a tramas no anunciadas, a diálogos cambiantes. “Para mí el personaje siempre tiene que ver con el actor, puesto que la relación no pasa por una ficción escrita de antemano, sino por una ficción que se crea al mismo tiempo en el rodaje”. Al terminar Out 1 (1971), el actor Jean-Pierre Leaúd denunció “los métodos vampíricos y sádicos de Rivette”, evidenciando acaso la necesidad del cineasta de trabajar con cuerpos y espíritus no curtidos, que él mismo pudiera modelar como literalmente modelaría años después a Emmanuelle Beárt en La bella mentirosa (1991).


Truffaut desmonta por sí solo el tópico de que los autores de la nueva ola sólo trabajaban con intérpretes aficionados o inexpertos. Aparte de los frecuentes colaboradores de su productora Corrosse, a los que el cineasta solía confiar papeles secundarios (como John Ford con su familia de intérpretes), no recurría más que a actores profesionales. Era de la teoría de que el realismo en la pantalla (y sus películas nunca fueron realistas en grado extremo, no al menos como son las de Eric Rohmer) sólo podía obtenerse con actores, y que precisamente se recurre a ellos “para poder pedirles que hagan cosas que no se hacen en la vida”. Cuando Jeanne Morreau personifica la imagen de los primeros filmes de Malle, ya presumía de ser la alumna preferida de un maestro del Conservatoire. Son varios los intérpretes del espectro Nouvelle Vague que ya habían adquirido popularidad o tenían una formación académica antes de intervenir en las películas de los jóvenes cineastas: Jean Seberg –que llegó a Godard vía Otto Preminger–, Julie Christie, Michel Piccolli, Catherine Denueve, Charles Aznavour, Eddie Constantine –al que le precedía una fama labrada en thrillers de serie B–, Françoise Brione y Delphine Seyrig –que se habían formado en el Actor’s Studio de Nueva York–, Emmanuelle Riva –quien era ya una consagrada actriz de la escena francesa cuando protagonizó Hiroshima, mon amour–, y un largo etcétera. En todo caso, un nuevo estrellato surge de las nuevas creaciones. Si somos estrictos, apenas dos actores que se formaron exclusivamente en filmes de la Nouvelle Vague se convirtieron en verdaderas celebridades de la pantalla: Jeanne Moreau y Jean-Paul Belmondo. Pero el verdadero impacto debe medirse en términos del tipo de gloria que crearon, una suerte de popularidad avivada por el prestigio, lo que podríamos llamar “la estrella cinéfila”. Esta raza de actores, prácticamente exclusiva del cine europeo, colecciona premios y reconocimientos en lugar de taquillazos.



-------------------------------------------------


El espíritu



En el genérico de apertura, el cineasta habla: “Durante seis meses he seguido a un pequeño grupo de inmigrados nigerianos en Treichville, barrio periférico de Abidjan. Les propuse hacer una película en la que interpretaran su propio papel en la que tendrían el derecho de decir y hacer lo que quisieran. Así improvisamos esta película”. De los planos documentales del pulso de vida en la villa africana, las imágenes fijan su mirada en dos jóvenes negros. Continúa el cineasta: “Uno de ellos, Eddie Constantine, fue tan fiel a su personaje, Lemmy Caution, agente federal americano, que fue condenado a tres meses de cárcel durante el rodaje. Para el otro, Edward G. Robinson, la película se convirtió en el espejo donde se descubre a sí mismo”.


[“Moi, un noir” (1958), Jean Rouch]



V.


Hay un deseo por vivir en el cine. De ello no sólo habla el fetichismo cinéfilo que determina muchos repartos. Si las películas querían por un lado emplear la técnica fílmica para hacer cine como si lo estuvieran inventando, no evitaban dejar clara su deuda existencial con la historia y los rostros del arte cinematográfico. Una deuda que saldaron constantemente a través de los actores. Jean-Paul Belmondo, que para Truffaut era el actor más completo de Europa (“síntesis increíble de Jean Gabin y Jean Pierre Léaud, de tradición y de modernidad”, decía), es un remedo francés de Humphrey Bogart, y los largos planos-secuencia que le siguen, pegados a su físico, en su debut Al final de la escapada, parecen ejecutados con la conciencia de estar fabricando un icono. Es la necesidad de la creación de una mitología como verdadero pulsómetro del alcance de su revolución artística. El código de los dedos en los labios es la sublimación del gesto “bogartiano”, un gesto que evidencia la condición eminentemente cinematográfica del primer largometraje de Godard, donde los comportamientos, las muecas, las expresiones y los movimientos de los actores contienen el discurso dramático del film.


El famoso aforismo de Godard según el cual con una pistola y una chica se hace una película es tomado al pie de la letra en muchas más ocasiones de las que pudiera parecer. En Ascensor para el cadalso, Louis Malle se inventa dos personajes (Georges Poujouly en el papel de Louis y Yori Bertin en el de Veronique) cuyo único impulso es ocupar el papel de unos típicos antihéroes del cine negro americano. Mucho más comprometida con los códigos del cine negro, hasta hacer de la causa el corazón de sus formas, se postula Tirez sur le pianiste (1960). Auténtico manifiesto de la “Nouvelle Vague” junto a Al final de la escapada, esta apasionante película toma las formas de un sugerente signo de interrogación: con su orgía de géneros y subversión formal, se pregunta desde dentro qué es el cine en la misma medida en que se cuestiona qué es un actor y cómo debe ser filmado.


Godard, siempre Godard, había aportado unos años antes una de las claves a esta respuesta en su memorable crítica en las páginas de “Cahiers du cinéma” a Moi, un noir (1958). El film de Jean Rouch se ofrece como espejo de lo que verdaderamente es un actor, en “el sentido más simple del término, por el simple hecho de ser filmados en acción”, al convertir a los habitantes de la población nigeriana de Treichville en personajes que exhiben nombres como Edward G. Robinson, Dorothy Lamour o Tarzán. Una estrategia de alteridad que, entre otras opciones estructurales –como dar testimonio de la juventud africana atrapada entre la tradición y el mundo moderno mediante una crónica que convierte a los seres en tipologías del film noir: el agente federal, el boxeador, el delincuente, la prostituta...–, resuelve su dilema entre el deber estético de rodar una ficción o el deber moral de filmar un documental. El actor encuentra su fuga hacia la pantalla en los intersticios de lo que existe y lo que es convocado.



-------------------------------------------------




Una hermosa mujer, en una terraza. Mira a cámara. En voice-over susurrada, el cineasta la describe. Se llama Marina Vlady: “Actriz de origen ruso... el pelo es castaño o negro claro... lleva un jersey azul noche con dos rayas amarillas”. La actriz invoca a Brecht con neutralidad declamatoria: “Hablar como citas de la verdad. Que los actores deben citar”. Marina gira la cabeza a su derecha. Corte. Plano similar, en la misma terraza. El cineasta la presenta ahora como el personaje de su film, Juliette Jeanson, que lleva el mismo jersey azul noche con dos rayas amarillas. Ahora invoca a Simenon, maestro urdidor de las ficciones. Juliette gira la cabeza a la izquierda. Pero ese gesto “no importa”, dice el cineasta.


[“Dos o tres cosas que sé de ella” (1966), Jean-Luc Godard]



VI.


Con el arranque de Dos o tres cosas que sé de ella (1966), Jean-Luc Godard pone en forma uno de los paradigmas de la interpretación moderna. Actor y personaje toman conciencia de la cámara. Y la cámara se convierte en un cómplice. Hay una distancia manifiesta respecto a lo que se filma, a quien se filma. Sus líneas son arrojadas con la displicencia burocrática de un informe. Los gestos no deberían importar en una película (un cine) sobre el lenguaje, o más bien sobre la insuficiencia de él para designar las imágenes. “Si prestamos más atención a las imágenes que a las palabras es porque las imágenes existen más”, susurra Godard en un momento del film. Sospechamos que este aforismo encierra más claves de las que el propio cine, incluso hoy, está dispuesto a asumir. El arranque de Dos o tres cosas que sé de ella es, a su modo, otra de las formas que encuentra Godard para revelar un proceso fundamental del arte del cine moderno, “la relación fatal que mantienen, para él, la realidad y lo imaginario, las cosas y su representación”. La imagen es el actor y también el personaje. La imagen es los gestos y las muecas de ambos, gestos que sí que importan, claro. En caso contrario, el guiño a cámara de Karina dando la señal de salida a Une femme est un femme (1961) no nos conmovería como nos conmueve. Es como si los actores ya hubieran asumido que son meras herramientas para el cineasta (“piezas de ganado”, le dijo Hitchcock a Truffaut), y que en la medida en que acepten la nueva gramática del cine, podrán tomar la forma de una imagen pregnante.


¿En qué modo se modifica la dinámica corporal de los intérpretes ahora que tienen conciencia del plano? La naturaleza geométrica de la pantalla, un espacio rectangular equivalente al campo de visión, condiciona una plasticidad de movimientos muy distinta a las artes escénicas. Tal y como reflexiona Rohmer en su artículo “El cine, arte del espacio”, es preciso que el actor encuentre la exactitud de un gesto o de una postura dentro de los límites del plano, máxime cuando el relato moderno quiere desprenderse de todo rastro del ‘psicologismo’ y el ‘behauviorismo’ que poblaban entonces las historias del cine, fuera europeo o americano. Ya no se permiten las facilidades del misterio psicológico, los afectos se delatan en la superficie vibrante de la imagen, que a su vez delata la moral del personaje. No extraña que los cineastas de la Nouvelle Vague enviaran desde sus películas tantas señales de amor y admiración a los cómicos del cine mudo, a Chaplin, a Keaton, a Langdon, modelando los movimientos de sus actores para que llevaran al límite la noción espacial de su expresión corporal. Entendemos también por qué el autor de Les Mistons (1957) obligaba a sus actores a estilizar los gestos: quería que los finales de las escenas estuvieran marcados de una forma precisa, con movimientos amplios que llenaran la pantalla. Pero no es tanto en el rodaje donde Truffaut descubre a sus actores, sino luego en la sala de montaje, donde saca el mejor partido de ellos. Razón que explica que la mayoría de los intérpretes (profesionales) con los que trabajó aparecieran al menos en dos de sus películas, pues en la segunda cita ya sabía lo que necesitaba extraer de sus movimientos.


Encerrado en las fronteras del cuadro, el actor se ve también obligado a interaccionar con las “invasiones” del cineasta en la película, a encajar sus expresiones faciales y sus líneas de diálogo, sus tiempos de reacción y suspensión, en las digresiones o paréntesis que los cineastas abren y cierran constantemente en sus films. Son profusas y habituales las confesiones al objetivo de los personajes, las lecturas de cartas y libros, los rótulos y las leyendas atravesando la pantalla, el volumen musical pisando el volumen de los diálogos, las narraciones neutras en voice-over, los comentarios a pie de pantalla sobre el comportamiento de los personajes, los monólogos interiores... Estas intervenciones directas en el desarrollo del drama (especialmente imaginativas en Godard, profundamente introspectivas en Resnais, descriptivas y de contenido moral en Truffaut, telúricas y mágicas en Vardá, deliberadamente desconcertantes en Rivette...), al contrario de lo que dicta la apariencia, terminan generalmente por reforzar el sentido de la ficción, precisamente porque delatando su artificio es como pueden revestirse de gravedad. Nunca una escena emanó más verdad emocional que cuando Karina canta su amor sin futuro a Belmondo en Pierrot le fou (1965), mostrando de paso a Catherine Denueve, que el año anterior había debutado en Los paraguas de Cherburgo (Jacques Demy; 1964), cómo se habla cantando.


-------------------------------------------------



Ext. Noche. Un clochard llamado Pierre tumbado en la acera se dirige hacia la multitud que le rodea: ¡Váyanse todos a la mierda!... ¿Es que siempre tiene que haber gente alrededor?.... ¿No se puede estar solo?...”. Una pareja se abre paso entre el coro que se ha formado alrededor y ambos se agachan junto a Pierre. Le conocen, son viejos amigos. El clochard quiere que le dejen tranquilo, pero Jean-François trae buenas noticias. Le cuenta a Pierre que es el fin de sus desgracias, que finalmente ha heredado la fortuna que el destino burlón le había arrebatado. Pierre se levanta exultante: “¡Vengan todos conmigo! ¡Todos conmigo, vengan! ¡Soy rico!”.


[“Le signe du Lion” (1959), Eric Rohmer]



VII.


En la dialéctica en marcha entre el cine abierto y el cerrado, Rohmer se postula abiertamente por el registro que absorbe la vida tal cual es. Su primer largometraje, Le signe du Lion, pone en práctica hasta el extremo su respeto a la realidad espacial como línea de fuerza del guión. En su caso, el cine y los actores salen a la calle con todas sus consecuencias. Si la literatura describe y la pintura representa, Le Signe du Lion, incisivo relato materialista sobre cómo un cuerpo desciende al infierno de la miseria, pone en práctica la capacidad del cine para mostrar. Bajo la filosofía conductista del film, todas las escenas se ruedan generalmente en una sola toma, estimulando la espontaneidad con que los actores deben enfrentarse a cada situación. Lo hacen además en exacta correspondencia geográfica y temporal con el relato. Interpretaciones objetivas para un cine objetivo. La asistencia en directo y a tiempo real, mediante una puesta en escena neutral (desde las mesas de los clientes), al espectáculo callejero que los clochards de Le Signe du Lion representan en la terraza del café “Aux Deux Magols”, nos aboca finalmente a la destrucción psicológica de Pierre (Jesse Hahn). El espíritu del personaje sólo se completa en relación con el espacio que ocupa y las personas que le rodean.


Simboliza Le Signe du Lion con rigor y espíritu irremplazables el gusto de la Nouvelle Vague por filmar los cuerpos flotantes, derivado de un profundo sentido del viaje. Son muy escasas las películas que apuestan por el estatismo de las figuras retratadas, si acaso confrontan esa parálisis con el deambular de los protagonistas, o bien, en perfecta conciliación, proponen un estatismo en movimiento dentro de cualquiera de los innumerables vehículos que transportan a las criaturas de la Nouvelle Vague de un destino al siguiente. Los personajes viven, aman, odian y mueren en los coches: en Weekend (1967) y Pierrot le fou son el escenario dominante, en Jules et Jim toman la forma de un ataúd, en Los amantes la avería del vehículo de Jeanne propicia el encuentro de la pareja... Como si necesitaran acentuar la experiencia de tránsito y transformación en que se traduce una película, podemos asimismo enumerar un nutrido número de films en los que la actividad primordial de sus personajes pasa simplemente por deambular: Cleó de 5 a 7 (Agnés Varda, 1962), El fuego fatuo (Louis Malle, 1963), Moi, un noir, Besos robados (François Truffaut, 1968), Paris, nous appartient, Les cousins (Claude Chabrol, 1959), Los 400 golpes, Pierrot le fou, Adieu Philipiine (Jacques Rozier, 1960), Jules et Jim…, etc.


Se infiere de esta condición exploratoria de las películas una observación analítica del individuo en su ambiente. Es el carácter etnográfico, tan acentuado, de la Nouvelle Vague. Los cineastas parecen clasificar en la pantalla las especies humanas que retratan, las disecan y cuelgan con alfileres para que la presencia muestre la esencia. Cuando el suicida de El fuego fatuo se sienta en un café de la ciudad, busca en los viandantes un atisbo de fulgor, una razón para no aniquilarse. La cámara de Malle registra con existencialismo el paso por el mundo de esos seres anónimos, con la mirada fría y sociológica con que miran los ojos del atormentado (también fuera de la cámara) Maurice Ronet. Algo similar a la observación de las escenas cotidianas que transmiten felicidad por la vida filmadas por Rohmer en Le Signe du Lion, y que refuerzan en Pierre su odio hacia la sociedad de la que se ha marginado. El rigor cinematográfico de la exploración antropológica le pertenece al etnógrafo Jean Rouch, por supuesto, pero el resto de autores de la nueva ola no le van a la zaga en intenciones. El pequeño salvaje (1970) se ofrece como cima y paradigma del trabajo de campo observacional del ser humano que ya inicia Truffaut con Los 400 golpes. Godard, por supuesto, se ciñe a la observación del eterno femenino, extasiado en el catálogo de mujeres, de sus vidas y personalidades, de Dos o tres cosas que sé de ella. También Chabrol, con su frialdad hitchcockiana, imprime un trabajo de investigación social a sus filmes, donde los protagonistas se mueven y evolucionan en el plano como oficiantes de una liturgia oscura.


En el cine de Resnais hay un manifiesto desplazamiento entre el actor y el espacio que ocupa, nunca parece estar cómodo en él. Dice Resnais que en su cine las relaciones entre el individuo y la sociedad, “en lugar del intercambio y la integración, representan la duda y la sospecha”. En El año pasado en Marienbad (1961), en Muriel ou le temps d’un retour (1963), donde el cineasta es un detective tratando de resolver el misterio del no-relato, más que presencias humanas, filma los rastros de esas presencias. El largo plano final de Muriel… nos muestra por primera vez toda la amplitud del apartamento que hemos habitado, el área centrípeta del laberinto, como si los personajes rotos tuvieran que abandonar el espacio para que por fin éste pudiera revelarse del todo. Película coral, que no adopta la mirada de ninguno de sus personajes, más bien abstracciones, acaso la conciencia más cercana al film sería la de Bernard (Jean-Baptiste Thierrée), aspirante a documentalista, quien declara no estar haciendo una película, sino “recogiendo evidencias”. Hermosa y clarividente forma de describir el oficio de los cineastas de la Nouvelle Vague, para quienes los actores son sobre todo evidencias.


-------------------------------------------------



En off, Michel pregunta: “¿Nunca me dejarás?”. Marianne, también en off, responde: “Claro que no”. Corte al bello perfil en escorzo de Marianne. “¿Seguro?”, inquiere Michel, que sigue fuera de cuadro. “Sí, seguro”, contesta ella. Agacha la mirada como si sólo la cámara hubiera detectado la mentira. Entonces, un estremecedor movimiento de párpados y pestañas. Levanta la mirada y mira directamente a cámara. El temblor en los ojos, la mirada fugazmente extraviada, vuelve a bajar la cabeza. “Sí, seguro”, repite. Con más lentitud, vuelve a dirigir la mirada al objetivo, prolongada, entre severa y desvalida. Ahora ya no es Marianne Renoir, el personaje. Ahora es Hanne Karin Blarke Bayer, conocida como Anna Karina, actriz y mujer de Godard. Y a quien mira es a su marido.


[“Pierrot le fou” (1965), Jean-Luc Godard]


VII.


Decíamos que hay que mirar detrás del plano. Allí está su sustancia vital. Pierrot le fou no es sólo un viaje al final de la playa, a la eternidad glosada por Rimbaud, sino el testimonio de un derrumbe sentimental, el de Godard y Karina, el fin de una pasión que recoge el núcleo seminal de la Nouvelle Vague. Pierrot le fou fue el sexto largometraje que hicieron juntos, y Godard temía que la carrera de su esposa se vaciara de futuro cuando ya no hiciera películas con/para ella. Como Rosellini con Ingrid Bergman en Viaggio in Italia (1954), Godard estaba arrojando a la hoguera del cine el momento en que la llama se apaga, filmaba la autopsia de su amor. Como Orson Welles y Rita Hayworth en el laberinto de espejos de La dama de Shanghai (1947), los filmes que hicieron posteriormente rezuman el aire de una esperanza por la reconciliación. La última y turbadora mirada que dirige Karina a la cámara de Godard en Le plus vieux métier du monde (1967) parece sellar definitivamente la relación. El desdoblamiento de su vida en pareja ha quedado inscrito para siempre en siete largometrajes y un cortometraje, y a partir de entonces Godard apenas podrá volver a convocar el romanticismo en sus películas.


En la dinámica entre estatismo y movimiento reseñada, el polo opuesto a los coches son los dormitorios. En las camas de la Nouvelle Vague no se hace tanto el amor como se discute, se lee mucho, se baila, se planea un crimen o se toma té. La vida también es vivida en los dormitorios. Una puerta a la intimidad que se atreven a abrir prácticamente todos. Los intérpretes glosaban, con mayor o menor honestidad, la intimidad resonante de tantos cineastas y actrices que compartieron vida detrás del plano. Bajo esta perspectiva biográfica, no son pocas las películas Nouvelle Vague que honran las numerosas pasiones que se prendieron entre cineastas y actrices. Godard con las tres Annas (no sólo Karina, también Anne-Marie Miéville y Anne Wiazemsky), Chabrol con Stéphane Audran –a la que en un gesto sexualmente fabulador arrastra a una relación bisexual con Jacqueline Sassard y Jean-Louis Trintignat en Les biches (1967)–, Jacques Doniol-Valcroze con Françoise Brion –en L’Eau à la bouche (1959) y Le Coeur battant (1960)–, Louis Malle con Jeanne Morreau, y ésta también con Truffaut, el más propicio a intimar con sus actrices –Catherine Denueve, Isabele Adjani, Fanny Ardant...–, acaso para que el celuloide sellara la complicidad amorosa con el cuerpo que fotografía.


Cegada por la honestidad del film, la hermana casi gemela de Godard pensó que su hermano se suicidaría tras ver Pierrot le fou. Es la fuerza del alter-ego. Si Belmondo representa el otro yo de Godard, quizá por su aire despreocupado, quizá por su insolencia y desenvoltura; Truffaut busca a partir de Charles Aznavour la misma tipología de actor para sus avatares en la pantalla: morenos, flacos y nerviosos, no demasiado guapos, con una mezcla de angustia y voluntad, máscara de la desesperación. La escena de Tirez sur le pianiste en la que Charlie Kohler (uno de los más conmovedores antihéroes de la nueva ola) duda entre colocar su mano en la espalda de Léna (Marie Dubois) mientras caminan, transpira esa clase de vulnerabilidad tan propia de los anti-galanes de la Nouvelle Vague, y que representa una verdadera ruptura con el cine clásico.


Hemos visto crecer a los actores en la pantalla en la medida en que hemos convivido con los alter-egos de los cineastas. La saga Antoine Doinel, por supuesto, es la ilustración arquetípica, un personaje/actor creado por Truffaut/Leáud cuya personalidad se apropia de las películas, desde la infancia rota (Los 400 golpes) a los galaneos de un jovencito (El amor a los veinte años, 1962) al ingreso en la edad adulta (Besos robados, 1968) a la vida matrimonial (Domicilio conyugal, 1970). Su personaje se mantendría con él incluso en los papeles en que no fue Doinel, hasta evaporarse en La mama y la puta (1974, Jean Eustache), certificado oficial del fin de la nueva ola. En los intérpretes y a través de ellos, los autores que alumbraron el cine moderno abrieron en canal su juventud (la de ellos y la del cine) para embalsamar su energía, también sus relaciones con el arte y con la vida. Nunca sabremos realmente qué hay de verdad entre lo que mostraron y lo que fueron. Sus espíritus, sin embargo, quedan congelados en la imagen. Algunos se han ido, los que quedan también lo harán. Nos han dejado sus fantasmas.






Este texto se publicó en el libro "Nouvelle Vague. Los caminos de la modernidad".

Edición: Cahiers du cinéma. España (Semana de Cine de Valladolid, 2009)





jueves, 17 de junio de 2010

'Villa Amalia' de Benoit Jacquot



La reinvención de la identidad

Es la historia de un encuentro y un descubrimiento. O también, de una fuga y su revelación. Un descubrimiento –el de Ann viendo cómo su pareja besa a otra mujer– y un encuentro –el de Ann con Georges, amigos de infancia– que transcurre en el mismo espacio y el mismo momento. Extrañamente, la película arranca en el catalizador del personaje protagonista, y las consecuencias se irán desvelando poco a poco, como si fuera un thriller de las emociones. De ahí la tensión que establece la ominosa y amenazante partitura de Bruno Coulais en los primeros compases de Villa Amalia, a modo de alerta. Ann decide entonces dejarlo todo atrás: su carrera como pianista de éxito, su pareja, su apartamento, su coche… su vida. Y en su huida ha encontrado un confidente, Georges, que despierta en ella recuerdos de una vida olvidada, enterrada quizá con la memoria de un padre que la abandonó y un hermano que murió de niño. Son los mimbres de un melodrama, sí, los de la novela homónima de Pascal Quignard, pero tocados con la sutileza, la emoción y el misterio que Benoit Jacquot sabe arrancar de las imágenes. Entre ambos creadores también se produjo un encuentro y una revelación.
“Pascal Quignard, al que conozco desde hace años y con quien había evocado la idea de hacer algo juntos, me envió Villa Amalia antes de su publicación –recuerda Benoit Jacquot–. Sólo leyendo las palabras de la contraportada, ya supe que existía una posibilidad”. Esas palabras describían el aislamiento de una mujer frente al oleaje del mar, en busca de sí misma. La protagonista de la novela compartía el mismo recorrido existencial de las diversas mujeres que han protagonizado las películas anteriores de Jacquot, cineasta de una obsesión temática, la de las crónicas de huidas femeninas, que ha abordado en diversas variantes en sus filmes La Desenchantée (1990), La Fille seule (1996), Le Septième ciel (1997) y L’Intouchable (2006). Era como si Quignard –uno de los prosistas más interesantes de la literatura francesa contemporánea, ganador del premio Goncourt por Les Ombres errantes (2002)– hubiera escrito Villa Amalia sólo para que su amigo Jacquot –a su vez uno de los cineastas galos más llamativos, a quien la Cinemathèque Française le ha dedicado una retrospectiva completa– la trasladara a la pantalla. Aparte del proceso de transformación interior que describe la novela, ésta también recoge uno de los temas esenciales en la obra de Guignard, el silencio creativo del artista. Anna trata de redimirse componiendo música, para darse cuenta de que la redención no pasa por la creación artística, sino por la creación de una nueva identidad.
Tanto dentro como fuera del relato, Villa Amalia se ha cimentado entonces sobre intenciones y pulsiones auténticas. Puede que de esa “verdad” proceda el misterio genuino que recorre un film que fácilmente podría haber caído presa del academicismo, si bien toma el vuelo hacia lugares más insospechados, más poéticos y desafiantes. El factor decisivo de esa densidad emocional que se va a apoderando poco a poco de la película es la correspondencia absoluta entre lo que el propio Jacquot ha llamado “geografía íntima y geografía física” del film, es decir, la relación que se establece entre lo que acontece dentro de Ann y el paisaje que la rodea. Como ocurre siempre en el gran cine, todo se reduce a una cuestión de puesta en escena, a la creación de un mundo. “Ya lo había experimentado en otras de mis películas, que estaban organizadas en torno a una figura femenina y a una trayectoria a la vez mental y espacial”, explica Jacquot. Ahí es donde entra en juego el talento del cineasta para expresar en imágenes el viaje interior de su protagonista, que no en vano se disfraza bajo la piel de una sublime Isabelle Huppert –en la quinta ocasión que ruedan juntos–, ofreciendo un auténtico recital de introspección interpretativa, extrayendo sus sentimientos con la misma clase de sutileza con que el film va desplegando sus emociones secretas.
En el proceso de borrado de identidad de Ann, la película da prioridad a los interiores –Ann vaciando el apartamento como si vaciara su vida–, los silencios y los tiempos muertos, el tránsito reflexivo. Jacquot evoca una cierta poética que recuerda a la claustrofóbica intimidad de Kieslowksi. El film se abre después al exterior, a la luz del sol napolitano, cuando Ann emprende un viaje por Europa y recala en la isla de Ischia. “Para encontrarse con uno mismo, hay que pasar por el mundo. Eso es lo que cuenta la película”, afirma el director. La fascinación sensitiva que ejerce el paisaje italiano sobre la cámara de Jacquot, el modo en que éste filma la belleza del entorno y la placidez de un océano en el que Ann literalmente renace, juega un papel esencial en el propósito del film, que pasa más por hacernos sentir que por hacernos entender lo que ocurre en el universo interior de Ann. De hecho, ese proceso de exploración fue el mismo que emprendió la propia actriz durante el rodaje: “Pocas veces he tenido, haciendo una película, esa sensación de tener tan poco conocimiento sobre lo que hacía…”, ha explicado Huppert. Jacquot lo ratifica: “Teníamos la sensación de dejarnos llevar por la película. Literalmente, no sabíamos lo que hacíamos. Quizá es como haber entrado en un sueño, en el sueño del film”.
Lo que le interesa a Jacquot no es exactamente filmar acciones, sino sobre todo estados de ánimo. “La película busca más lo sensitivo que lo introspectivo o lo psicológico”, sostiene el cineasta. El viaje de Ann no es sólo una exploración interior sino también un tránsito hedonista en el que se abre a nuevas experiencias con las que se reinventa como persona. La amplitud del espacio íntimo se traduce en el modo en que los planos se abren al mundo. Los últimos quince minutos del film, en los que se precipitan acontecimientos inesperados, nos muestran el absoluto dominio del timming narrativo en manos de Jacquot, quien hace converger la forma y el fondo del relato con absoluta precisión, introduciendo rupturas de guión, cambios de tono y de puntos de vista que no hacen más que sorprender al espectador para transmitirle la riqueza sensorial de lo que narra. En íntima colaboración, Jacquot y Huppert han convocado en Villa Amalia el milagro de un cine aparentemente sencillo y ligero, pero de una complejidad interior absolutamente inusual. Una conquista cinematográfica que no debería pasar desapercibida.

jueves, 6 de mayo de 2010

'Canino' de Yorgos Lanthimos



Maravilloso desconcierto

No podemos hablar de intriga, ni de exotismo. Canino no juega ninguna de esas bazas. Hablemos mejor de extrañeza, de personalidad. En algún chalet de un suburbio griego vive una familia. Nunca aprendemos sus nombres: Padre, Madre, Hermana Mayor, Hijo y Hermana Menor. Mientras Padre tiene un trabajo fuera de casa, el resto no puede abandonar el domicilio. Nunca. Los niños han vivido confinados durante toda su existencia, por eso siguen siendo niños aunque tengan más de veinte años. Les han enseñado a temer el mundo exterior. Amaestrados como perros por un padre sociópata, han desarrollado sus propios patrones emocionales, su propio lenguaje.
La poética del absurdo sistematiza la cotidianidad, un sutil humor negro empapa el desconcierto, algunos estallidos de seca violencia nos previenen de sentirnos cómodos. La lectura más sólida de esta fábula cruel nos lleva a al film-tesis en torno a los totalitarismos y sus herramientas de control social. Todo está expuesto con meridiana claridad en el film de Yorgos Lanthimos (censura y distorsión del lenguaje, secuestro de la libertad individual, invención del enemigo, aniquilación del intruso, etc.), quien también se preocupa por mostrar sin timidez los efectos del sistema –alienación y animalización, depravación moral...– en el extravagante comportamiento de sus personajes.
Hagamos un ejercicio de crítica-ficción imaginando qué haría Hollywood con un guión, una historia tan bizarra y perturbadora como la que pone en escena Canino. ¿Sometería su poso surrealista al decálogo de las buenas conductas y a los códigos predeterminados de un género? ¿Convertiría su sedicioso argumento en un thriller terrorífico o en una comedia familiar? En realidad, las respuestas a preguntas no tan retóricas como aparentan ya nos las dio Night Shyamalan con El bosque, o Wes Anderson con cualquiera de sus fábulas de control familiar. Es probable que de la fusión de ambos, del talento de Shyamalan para los argumentos metafóricos y de Anderson para sistematizar con humor las relaciones adulteradas, podamos destilar cierto tono que se asemeje a Canino. Si hablamos de cine norteamericano en un texto sobre la tercera película de un director griego completamente desconocido hasta ahora es porque intuimos que ese tipo de especulación cinematográfica puede ayudarnos a desentrañar el porqué del efecto perturbador que provoca el film. El porqué de su misterio. No parece casual que el elemento externo perturbador del film, la prostituta contratada por el padre, entregue secretamente a Hermana Mayor películas tan asociadas a Hollywood como Tiburón, Flashdance o Rocky, cuyos universos no menos fabricados que los que pone en escena Lanthinos serán los que planten la semilla de la rebelión en la casa.
Premiado significativamente por su “cierta mirada” (premio Certain Regard en Cannes 2009), la eficacia de Canino pasa por incomodar y, en último caso, transformar la mirada previa del espectador invocando a lo que podríamos llamar el “maravilloso desconcierto”. La aparente indiferencia del relato ante las preguntas que cada escena plantea al espectador, los encuadres claustrofóbicos y las perspectivas insólitas que adopta la cámara, violentan nuestra mirada para reordenar cierta visión adquirida del relato y, sobre todo, de los comportamientos humanos codificados por tantas películas. Es cierto que el sórdido automatismo sexual puede recordarnos a Ulrich Siedl, que los estallidos de violencia mundana nos hacen pensar en Michael Haneke, que incluso los ecos de la realidad convocan en nuestra memoria al monstruo de Amsted, pero estas conexiones austriacas no son más que falsas coartadas, inútiles fugas para el espectador contemporáneo. La genuina extrañeza y agresividad de este verdadero ovni cinematográfico ostentan el poder suficiente como para dinamitar el confort adquirido frente a imágenes neutras y ficciones cada vez más inofensivas.

martes, 9 de marzo de 2010

"I'm Not There". Bob Dylan nunca estuvo ahí


Jude / Bob Dylan (Cate Blanchet) y Allen Ginsberg (David Cross) en I'm Not There 


Dylan en el caleidoscopio

Desde los primeros instantes de I’m Not There, cuando la cámara reemplaza a Bob Dylan caminando hacia el escenario, el magnífico film de Todd Haynes toma por propósito inmiscuirnos en el caos y la genialidad que palpitan bajo la piel de Robert Zimmerman. Más allá del excelente empleo de la música para puntuar los significados sumergidos de cada tema (algunos como Positively 4th Street, Ballad of a Thin Man, Moonshiner y Blind Willie McTell recuperan su sentido preciso en yuxtaposición con las imágenes), I’m Not There en realidad no trata en ningún momento de ahondar en el proceso creativo del artista, sino en su pesquisa de una identidad abstracta, elusiva y camaleónica. Es decir, en las máscaras que Dylan ha ido colocándose a lo largo de su carrera para que no viéramos a Zimmerman. Bien como el impostor de Woody Guthrie (Marcus Carl Franklin) o el espíritu reencarnado de Arthur Rimbaud (Ben Whishaw), bien como profeta, trovador y predicador del alma (Christian Bale), como outlaw solitario (Richard Gere), marido imposible o estrella mediática (Heath Ledger), la identidad inaprensible del artista es el gran tema dylaniano y por tanto el núcleo del film de Haynes, un versado dylanófilo. Con buen criterio, el objetivo que se propone Haynes no pasa por simplificar esa complejidad y retratar la vida y milagros del “hombre detrás de su música”, sino por ponerla en evidencia tomando la forma de un criptograma audiovisual con imágenes que recrean, reescriben, reinventan, comentan o remiten a otras imágenes firmemente ancladas en el imaginario visual dylaniano.

Las máscaras de Dylan. De izqda. a dcha. y de arriba abajo: Woody / Chaplin (Marcus Carl Franklin); Arthur Rimbaud (Ben Whislaw); Jude (Cate Blanchett); Billy (Richard Gere); Jack / John (Christian Bale); Robbie (Heath Ledger) 
Pionero ejemplar de la cultura moderna y el universo pop, Dylan ha forjado su leyenda tanto con su obra como con su imagen. “El cine debe detener el tiempo”, dijo en una ocasión, hermanando así su vertiente cinematográfica con su gran aspiración como artista, que no es otra que la promesa de la eternidad. Una de las primeras imágenes en movimiento que se conoce de Dylan nos traslada a sus días de bohemia en el Greenwich Village neoyorquino. Como un gato callejero o un ángel caído, un imberbe de mirada hambrienta desciende desde la parte superior del plano a una calle donde descansa una guitarra en su funda. Martin Scorsese “sacraliza” ese momento en su canónico documental Bob Dylan: No Direction Home (2005). El magnetismo que ha ejercido su aspecto fue, de hecho, antes que su música, el motivo por el cual D. A. Pennebaker aceptó la propuesta de seguir a Dylan durante su gira británica en 1965. De aquella primavera saldría una de las piezas fundacionales del Direct Cinema, Dont Look Back, retrato del joven artista que ha ejercido una enorme influencia desde entonces, y en cuyo arranque musical con Subterranean Homesick Blues quedó determinado el nacimiento del video-clip bajo la bendición de Allen Ginsberg. Dylan se lanzó poco después a su primera tentativa tras la cámara. Filmada con el mismo “equipo Pennebaker” de Dont Look Back, al que Dylan bautizó como ‘The Eye’ –“fuera donde fuera, hiciera lo que hiciera, siempre los tenía en mis talones”–, Eat The Document es la respuesta de Dylan a la cadena ABC cuando le dio carta blanca para grabar su gira europea de 1966. “Si quieren la verdad, la tendrán”, pensó Dylan, y el film arranca presentando sus credenciales: un plano bastante obvio de que Bob Dylan y Richard Manuel acaban de esnifar cocaína encima de un piano. Como si fuera el positivado en color de Dont Look Back, el film es un arrebato de cortes y de imágenes de la gira en un montaje tan convulso como el período que retrata, cuya estructura aparentemente anárquica y su molde abstracto merecen un lugar nada desdeñable en la tradición del underground experimental norteamericano. Además de abrirnos la puerta al asiento trasero de un coche que pasea por las calles del swinging London con John Lennon manteniendo la compostura frente a un Bob Dylan desfallecido.

Bob Dylan como Renaldo en Renaldo y Clara (1978), de Bob Dylan

Pero la traducción en imágenes de su visión musical, única para ensamblar sin fricción lo narrativo y lo conceptual, quedará perfectamente ilustrada en su monumental experiencia cinematográfica Renaldo y Clara (1978). Película semiimprovisada a lo largo de la multitudinaria gira Rolling Thunder Review, en ella Dylan da rienda suelta a su lado más bohemio en un recorrido por Estados Unidos con una troupe de amigos entre los que se cuentan Allen Ginsberg, Joan Baez y Sam Shepard, a quien invitó a la fiesta para escribir el guión del film. Tomando como único punto de partida las dos películas preferidas de Dylan (Les Enfants du Paradis, de Marcel Carné y Tirad sobre el pianista, de François Truffaut), Renaldo y Clara avanza debatiéndose entre la ficción y el documental, con un Dylan interpretado por el sosias Ronnie Hawkins mientras él se oculta bajo la máscara de Renaldo y se confronta a sí mismo con su mujer Sara Lownds y su amante Joan Baez, encarnadas en I’m Not There por Charlotte Gainsbourgh y Julianne Moore respectivamente. “Esto se está convirtiendo o bien en el peor melodrama del mundo o en la mejor confesión cara a cara que se ha filmado nunca”, escribió Shepard en su diario de aquella gira y aquella película. Entre la comedia dell’arte y el western musical, excesiva, abstrusa, circense, fascinante, engorrosa, pero absolutamente honesta, el montaje inicial de cuatro horas de Renaldo y Clara, un absoluto fracaso comercial, ha adquirido tintes de culto cinematográfico que, junto a Eat the Document, se cuenta entre las rarezas fílmicas más deseadas del universo rock.

Billy the Kid (Kris Kristofferson) y Alias (Bob Dylan) en Pat Garret & Billy the Kid (1973), de Sam Peckinpah

En su papel de Alias para el western de Sam Peckinpah Pat Garret and Billy the Kid (1973), Bob Dylan ya había configurado algo de la estética Renaldo. “¿Cómo te llamas?”, le pregunta Garret/Coburn en un momento de esta insuperable elegía al viejo Oeste americano. “Esa es una buena pregunta”, contesta Alias/Dylan. Y es que la identidad dylaniana ha sido la gran pesquisa de todo aquel que se ha enfrentado al estudio de su poliédrica obra. Sobre esa identidad múltiple y fragmentada, que apuesta “por la refracción más que por la condensación”, como escribió Todd Haynes a Dylan en su carta de presentación, se estructura I’m Not There. Y es que cuesta pensar que el mismo Dylan que puso música y rostro a la obra maestra de Peckinpah también lo hiciera quince años después en Hearts of Fire (1987), un producto sonrojantemente ochentero dirigido por Richard Marquand en el compartió plano con Fionna y Ruppert Everett. Su interés a día de hoy (si es que alguien puede encontrar la película) puede hallarse en el juego de espejos que propone, con Dylan colocándose en la curtida piel de una estrella del rock retirada que se ve a sí mismo en el famoso concierto de Bangladesh, la película auspiciada por George Harrison cuya intepretación de Dylan (su regreso a los escenarios tras el accidente de moto con el que abre Todd Haynes su film) compite en intensidad y magnetismo con la registrada por Scorsese en el imprescindible El último Vals (1978), donde según Robert Robertson aparecía sobre el escenario como “un Jesucristo con sombrero blanco”.

Bob Dylan es Jack Fate en Masked & Anonymous (2003), de Larry Charles


Dylan también interpretaría a una vieja gloria musical, sarcástica y enmudecida, en la inclasificable Masked and Anonymous (2003), una excentricidad escrita por el propio Bob Dylan y por Larry Charles, director de la cinta. Dylan se parapeta bajo el seudónimo Sergei Petrov (un actor del cine mudo), mientras Charles, viejo guionista de Seinfield, lo hace bajo el falso nombre de Rene Fontaine. El guiño al bizarro destino que Dylan introduce en el film queda inscrito en el nombre de su personaje, Jack Fate, quien al arrancar la historia es liberado de una mugrienta cárcel de un simbólica república bananera para encabezar el cartel de un concierto benéfico organizado por una viperina promotora (Jessica Lange) y un conspicuo y sudoroso manager (Johnnie Goodman). Aparte de varias interpretaciones intensas y radiantes (de Dixie, de Cold Irons Bond), esta fábula sobre la mística de Dylan le permite organizar el enésimo enmascaramiento de su leyenda, especialmente en una estrafalaria escena en la que el músico se retrata a sí mismo como una estatua silente ante las preguntas del agresivo periodista Jeff Bridges. A pesar de su cultivado misticismo, de la disparatada relación con la prensa que ha mantenido a lo largo de su carrera (véanse la entrevista con el periodista de Time incluida en el Dont Look Back o la memorable rueda de prensa en San Francisco, 3.12.1965, que Cate Blanchett estudió a fondo para componer su avatar de Dylan en I’m Not There) por entonces Martin Scorsese sí logró arrancarle cuatro palabras para Bob Dylan: No Direction Home (2003), película que viene a legitimar la condición de Dylan como héroe popular americano. Dylan concedió una entrevista de diez horas para el cineasta (aunque en realidad se la dio a Jef Rosen, su manager y productor de la película) en la que se prestó a rememorar los explosivos inicios de su carrera, entre ellos el mítico grito de ¡Judas! en el concierto de Manchester, un hasta entonces inédito documento videográfico que, para sorpresa de todos, se saca Scorsese de la chistera. Sin embargo, las respuestas y relatos de Dylan en la sesión de entrevistas no iban desde luego encaminadas a destruir el mito, sino a imprimir una vez más la leyenda.


lunes, 1 de marzo de 2010

Lost. 5ª Temporada



Variables en la ecuación del tiempo


If all time is eternally present

All time is unredeemable

T. S Elliot


Willie Nelson canta Shotgun Willie y la aguja sobre el vinilo salta repentinamente hacia atrás al final de la primera estrofa. Un disco rallado. La canción se enreda en un bucle de espacio-tiempo que no parece detenerse, una y otra vez el mismo fragmento –“Well you can’t make a record…–, suspendiendo y retorciendo la continuidad temporal. No es mala metonimia con la que arrancar la quinta temporada de Perdidos. Con mayor determinismo que en los cuatro años anteriores, ahora es cuando, de forma plena, el dispositivo formal toma conciencia de ser la verdadera sustancia dramática de la serie.

Se produce en esta quinta temporada una mutación trascendente en la estructura. Los flashbacks y los flashforwards dejan de ser experiencias exclusivas del televidente. La intrincada mecánica argumental ha reclamado de él la recomposición de un puzzle que pueda dar forma (sentido) al rocambolesco destino de los náufragos y habitantes de la isla. Pero en esta quinta temporada, la mejor hasta el momento –la más vibrante, compleja y ambiciosa; la más equilibrada en términos de acción y exposición argumental–, serán no sólo los espectadores, sino también los personajes, condenados a vagar entre el arquetipo y el individuo, quienes experimentarán en sus huesos esos saltos continuados en el tiempo, quienes deberán recomponer las fragmentos de sus propias vidas y adaptarse a nuevas paradojas temporales. Seguirán persiguiendo sus sombras por el limbo verde.

Todos ellos –Sawyer, Jack, Hurley, Said, Kate, Juliet, Jin, Sun, Ben, Locke, Desmond…–, aunque el nuevo paradigma espacio-temporal que han activado los acontecimientos del final de la cuarta temporada les obligue a transitar por distintas dimensiones en el tiempo (en 1977, unos; en 2007, otros), se saben piezas desarticuladas de un destino que se les escapa, de un todo que aún no pueden vislumbrar con claridad. El único que quizá pueda hacerlo es el científico Daniel Farraday, cuya relevancia se hará crucial en esta quinta temporada (de ahí que el prólogo del primer capítulo termine con su rostro surgiendo de las sombras… treinta años atrás de cuando le vimos por última vez). En un momento dado, Farraday dice a sus compañeros: “Todos somos variables en la ecuación del tiempo”.

Pasado, presente y futuro aconteciendo simultáneamente. ¿No es eso lo que nos ha estado diciendo Perdidos desde su propia estructura argumental? Quizá haya tantas formas de “experimentar” la serie como las permutaciones posibles en el orden de sus 99 episodios, los que suman hasta el final de la quinta temporada. Esto convertiría Perdidos en una suerte de “rayuela” catódica, en la que J. J. Abrams, al igual que hiciera Julio Cortázar con su novela, dejara al libre albedrío del lector/espectador organizar el orden de visión/lectura de sus capítulos, una suerte hipertextos que podrían acabar enredados en un bucle infinito entre “el lado de acá y el lado de allá”, como un disco rallado. Pero por muy interesante que pueda resultar este ejercicio de adulteración narrativa (que convertiría los cliff-hangers en meras patrañas), se revelaría totalmente infructuoso. La lógica interna de Perdidos se muestra capítulo a capítulo como si fueran las piedras del mosaico (espacial) y las capas de la cebolla (temporal) de un destino irrenunciable.

En el segundo episodio de esta temporada, Hurley expone a su madre la perfecta y delirante sinopsis de lo que hemos visto hasta ahora[1]. Toda la cronología de los hechos se revela en su frívolo resumen de Perdidos como un relato bajo el gobierno de la arbitrariedad argumental. Pero el espectador ya sabe por entonces que los guionistas de Perdidos no juegan a los dados con sus personajes. Toda imagen lleva a la siguiente y las palabras se contradicen tanto como se fortalecen entre sí. Todo lo que acontece no cesa de obedecer a un régimen predeterminado, un plan maestro que, como una ventana empañada, va mostrando poco a poco qué hay al otro lado del cristal. El capítulo Follow the Leader de esta quinta temporada muestra hasta qué punto una escena que parecía banal varios episodios atrás –en la que Richard se topaba con un Locke malherido y actuaba como un mensajero del futuro– se reviste entonces de un sentido determinante que ni siquiera habíamos sospechado.

Lo extraordinario de la quinta temporada es que, finalmente, el verdadero deus ex machina de la serie –el bíblico Jacob– empieza a tomar forma corpórea. Nunca antes había emergido el factotum de la serie con claridad tan manifiesta como en el prólogo del último capítulo, The Incident, que abrirá una nueva puerta de percepción al entramado narrativo. Hemos tenido la ocasión, en los capítulos precedentes, de recorrer fugazmente las distintas edades de la isla y de algunos de sus habitantes clave. Y hemos comprobado que existe al menos un hombre cuyo aspecto no ha variado desde la más remota Antigüedad, pasando por 1954 y por los años ochenta, hasta hacer parada simultánea en dos dimensiones temporales de algún modo condenadas a colisionar entre sí: 1977 y 2007, los esperanzados tiempos hippies de la iniciativa Dharma y el liderazgo de un ambivalente John Locke. La polisemia del artefacto argumental, con una mitología que no deja de expandirse y de intelectualizarse (a la manera de la literatura de Tolkien o de Lewis Carroll), acepta con naturalidad el intricado laberinto de referentes espirituales en una pugna final por la fe o la ciencia, la vida y la muerte. “A su manera este libro es muchos libros”, explicaba Cortázar en las primera líneas de su novela total. Perdidos, la serie total de J. J Abrams, también es a su manera muchas series.

Si aceptamos como premisa que Twin Peaks vendría a ser el Ciudadano Kane de la televisión al destrozar la causalidad narrativa y entregarla a las llamas del subconsciente; aceptemos que Perdidos bien podría hacer las veces de El año pasado en Marienbad, el dispositivo que rompe definitivamente las cadenas de la ficción televisiva, cuando los mecanismos de la memoria y las fugas de la percepción quebrantan toda ley conocida. La sensación es que cualquier cosa puede ocurrir y parecer verosímil (aunque no necesariamente aceptable) en la maraña de espejos. Esa es la sustancia adictiva de Perdidos: que toda resolución a un misterio anida otro enigma. La gran pregunta que nos plantea esta penúltima temporada es tan sencilla como indescifrable: “¿Se puede cambiar el pasado para transformar el presente?”. En verdad tendremos que esperar al capítulo 100 (el primero de la sexta temporada) para obtener algo parecido a una respuesta.



[1] Hugo ‘Hurley’ Reyes: “Tuvimos el accidente pero fue en una isla de locura,
 esperamos el rescate y el rescate no llegó.
 Había un monstruo de humo,
 además de otras personas en la isla… los llamábamos “Los Otros” y comenzaron a atacarnos,
 y encontramos unas escotillas y había un botón
 que tenías que pulsar cada 108 minutos o…
 Bueno, realmente no tengo muy claro eso.
 Pero… “Los Otros” no tenían nada que ver con las escotillas.
 Eso fue por la Iniciativa Dharma,
 pero estaban todos muertos. “Los Otros” los mataron e intentaban matarnos a nosotros. 
Y luego trabajamos en colaboración con “Los Otros” porque gente peor vino en un carguero,
 que el padre de la novia de Desmond envió para matarnos. 
Así que robamos el helicóptero y volamos al carguero,
 pero éste explotó 
y no pudimos regresar a la isla porque desapareció 
y caímos en el océano.
 Flotamos por un tiempo hasta que llegó un barco y nos recogió. 
Pero entonces éramos seis. 
El resto de la gente aún sigue en esa isla”. (The Lie. Episodio 2, Temporada 5)

lunes, 2 de noviembre de 2009

'After' de Alberto Rodríguez


Viaje(s) al fin de la noche

Cabe preguntarse de dónde procede el profundo pesimismo que Alberto Rodríguez siente hacia su propia generación, aquella que hoy está más cerca de los cuarenta que de los treinta, es decir, la primera que creció en democracia. Es difícil imaginar una mirada más desolada, inclemente y corrosiva que la que despliega en After hacia sus coetáneos, seres que no quieren vérselas con la madurez ni todo lo que trae consigo. Este retrato, que desentraña tanto las certezas como las dudas de alguien que sabe de lo que está hablando, además, se muestra múltiple y complejo, capaz de poner al descubierto sus contradicciones internas y de trascender la aparente transparencia de un guión estructurado en torno a tres puntos de vista, los de sus protagonistas: Manuel (Tristán Ulloa), Julio (Guillermo Toledo) y Ana (Blanca Romero), viejos amigos que se juntan una noche de verano para entregarse a los excesos y recuperar el perfume de la adolescencia.
Dividida en tres episodios (“Los ladrones de cuerpos”, “Laura 230” y “Niebla”), la película invierte el mismo tiempo a la exposición de cada uno de los personajes, tanto en sus rutinas diarias antes y después de la noche D, como, alternativa y sucesivamente, en los recuerdos de esa juerga nocturna en la que todos, y cada uno a su manera, acabaron tocando fondo. A medida que van encajando las piezas del rompecabezas, comprendemos que ninguno de los tres, a pesar de las apariencias, está satisfecho con sus vidas, y que más bien se desprecian por ello. En Manuel late una agresividad contenida hacia prácticamente todo lo que le rodea, incluidos mujer e hijo; Julio, al margen de su éxito profesional, es el ser más solitario del mundo, y Ana, que tiene tanto miedo al compromiso como a perder su belleza, probablemente lleva años enamorada de Manuel.
Cabe preguntarse, también, tras absorber toda la negrura y el patetismo con el que Alberto Rodríguez y Rafael Cobos (que también co-firmaron el guión de Siete vírgenes, otro penetrante retrato generacional) se acercan a la esencia secreta de sus personajes (¿los conocen?, ¿son sus amigos?, ¿son ellos mismos?...), sobre las verdaderas ambiciones de After, que no sólo pasan por radiografiar el alma extraviada de una generación abocada a la melancolía del limbo hedonista fabricado por la sociedad de consumo (de ahí que prácticamente cada escena de la película, en su texto o en su subtexto, tenga un contenido sexual), sino de complacer el gusto de un público amplio sin por ello sacrificar el rigor y atractivo cinematográficos de la propuesta.
Para empezar, Rodrígez logra inyectar a su tercer largometraje un tono característico, diríamos que intransferible, una cadencia, una música propia que va más allá de los temas de Micah P. Hinson (Beneath the Rose) y Smog (Rock Bottom Riser), sonando como una letanía a lo largo del film. Esa estudiada repetición, como el hallazgo visual de cada uno de los protagonistas levitando por encima de la multitud en la discoteca, forma parte esencial del artefacto fílmico, que no deja de construirse sobre la base de ofrecer variaciones del mismo naufragio, de manera que estas variaciones dialoguen entre sí para formar un todo que el propio espectador deberá descifrar a su manera.
Y es que por detrás de un guión que literariamente busca hermanarse con la austeridad psicológica y la pesimista desolación de Raymond Carver (especialmente en la historia de la perra Niebla y en el modo en que pinta a los personajes con finos brochazos), no exento de zonas de conformismo (toda la parte relacionada con el trabajo de Julio es muy débil respecto al resto de la función), ni de sorprendentes soluciones de estilo (el sexo se rueda con determinismo realista, sin pudor, rezumando una incómoda turbiedad), asoma un verdadero dispositivo cinematográfico, dotado de sutiles ecos interiores que densifican la propuesta.
En su desarrollo argumental, el film se postula dentro del cine español como una auténtica lección sobre el empleo del punto de vista narrativo. No sin cierta ambigüedad, las versiones de la noche y su delirio parecen corresponder a lo que cada uno proyecta en su recuerdo, obviamente truncado por el alcohol y las drogas, de modo que todos se esfuerzan por ocultar lo que les conviene, lo que les transforma en seres aún más patéticos. En este apartado concreto de la película, es obligado resaltar el refinado trabajo de los intérpretes, sobre todo porque Toledo, Ulloa y Romero se enfrentan al reto de dar cuenta de los matices que distinguen las relaciones de deseo que establecen entre sí al mismo tiempo que deben hacer creíble el estado de ebriedad que exhiben casi permanentemente en la pantalla. En su desapego existencial y en su entrega desesperada al estímulo del placer inmediato, los tres ofrecen un verdadero recital. Las sutiles variaciones, que no sólo se ciñen al apartado interpretativo, sino a los diálogos y al desarrollo expositivo de las escenas, nos hablan del modo en que cada uno de los personajes puede engañarse a sí mismo (y que explica la impostura de sus vidas), pero sobre todo de las preocupaciones formales y narrativas de un verdadero director de cine que reflexiona sobre la imposibilidad del relato unívoco y sin dobleces para explicar el mundo. No perdamos de vista a Alberto Rodríguez.